Chome, una caleta olvidada

En un pequeño rincón de la región del Biobío, junto al mar y entre silentes ruinas de lo que fuera una pujante industria, se levantan pequeños puestos de comida que ofrecen deliciosos frutos del mar recolectados con gran esfuerzo por pobladores que se negaron abandonar una alicaída caleta.

Es así, como tímidamente los habitantes de Chome intentan posicionar una nueva propuesta turística, superando años de olvido y aprovechando el hermoso escenario natural que les entrega la caleta.

Aunque poco queda de aquél lugar que recibió su nombre producto de la chilenización de la firma del inglés Charles Home (C. Home), por allá en el año 1859, sin duda la caleta en cuanto a historia y tradiciones aún tiene mucho por entregar. Pero la historia comienza mucho antes, incluso en otro lugar…

Corrían los años 1880 cuando un inmigrante portugués, maravillado con la cantidad de ballenas que surcaban las aguas cercanas a la isla Santa María, convenció a un humilde agricultor de abandonar la difícil vida en tierra para embarcarse en una actividad que prometía sacarlo de la pobreza.

Es así como los “Dos Juanes”  Juan Da Silva y Juan Macaya comenzaron con una empresa rudimentaria y arriesgada, pero que se convertiría en la más longeva de Chile en su tipo… la caza de ballenas.

Armados con un arpón manual y a bordo de una chalupa a remos, perseguían sigilosamente a su objetivo.  Espemueles  y Raitueles, como llamaban a los Cachalotes y las ballenas Francas respectivamente, figuraban entre sus objetivos predilectos.

El procedimiento prácticamente estuvo inalterado hasta entrar a la década de los 30, período en la que comienzan a implementar  las nuevas tecnologías desarrolladas principalmente en Escandinavia, resaltando  entre ellas el arpón disparado con pólvora.

Estas nuevas herramientas permitieron acceder a presas más grandes y también a aumentar la cuota de caza. La Alfaguarda, nombre con el que conocían a la ballena Azul, era también ahora objetivo de sus excursiones.

Comenzaba la década de los 50, la industria ballenera  se encontraba en ascenso, y con ella nuevas exigencias se presentaban. Familias completas dedicadas a la actividad iniciaban entonces un éxodo masivo desde su natal isla Santa María para establecerse en las nuevas instalaciones de la compañía en Caleta Chome, península de Hualpén.

“Trinidad”, el nombre que se le da a la nueva ballenera,  se convierte en una de las industrias más modernas de su tipo. Turnos de hasta 24 hrs son necesarios para poder procesar a los gigantescos cetáceos que llegan por cientos al muelle.

La década de los 60 se perfila menos prometedora. Un declive  importante en las poblaciones de cetáceos, producto de la sobreexplotación, genera vaivenes económicos en la actividad a nivel mundial. Aunque la familia Macaya intenta mantenerse a flote incorporando nuevos inversionistas, entre ellos capitales japoneses, la industria parece dirigirse a un fin inevitable, el que se sentencia al comenzar la década de los 80, periodo en que la preocupación por el estado de conservación de los cetáceos irrumpe como una de las prioridades en la cartera internacional.

En 1983 la Ballenera Trinidad cierra definitivamente, Chile es ahora signatario de la veda internacional que protege a los cetáceos. Sin duda un gran avance en temas de Conservación, pero que deja a los habitantes de la caleta totalmente desamparados. Tres décadas de una ininterrumpida actividad finalizan abruptamente. Ninguna entidad estatal consideró medidas paliativas para los ahora desempleados habitantes de la Caleta.

Un cambio radical de paradigma, de obreros especializados a mariscadores y pescadores de subsistencia.  Cerca pero lejos, los 22 km que los separan del principal centro urbano de la región del Biobío parecen eternos.  Caminos en pésimo estado y mala conectividad, hacen que La hermosa postal que genera el atardecer en ese pequeño rincón del mundo sea desconocido incluso para quienes viven en la misma comuna.

A 63 años de la instalación de la empresa en el continente y a 34 de su cierre definitivo, nuevamente es posible observar a los grandes cetáceos surcar las aguas frente a la caleta, esta vez sin peligro y contrastando con las osamentas que yacen impertérritas sobre los agrietados pisos que formaron parte de la ballenera más longeva y moderna de Chile.

El nuevo escenario, en que las problemáticas Medio Ambientales están cobrando importancia, es ideal para que la Caleta adquiera nuevos aires, esta vez, de la mano de un turismo sustentable.

Emprendimientos como “Turismo Chome Aventura”  creado por la joven empresaria Fernanda Silva, quien además es integrante de una de las familias más antiguas de la caleta, apuesta a la belleza natural que rodea a la caleta. Riscos ideales para practicar rápel, hermosos bosques nativos para realizar senderismo,  un mar azul que llama a bucear entre los restos de los gigantes cetáceos  y por supuesto a navegar en kayak ante la mirada atenta de Chungungos, Pingüinos y Lobos.

Tres momentos en la historia de esta caleta…Bonanza económica de una industria cruenta, pero rentable. Un periodo de olvido. Ahora, un renacer de la mano del turismo sustentable.

Chome, un diamante en bruto que vale la pena conocer.

Jaime Varela

Factor de Cambio

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